En días como hoy la democracia se nota acéfala. Parece que la visita de Obama ha detenido el flujo de todo en este país, los moneros se dan vuelo haciendo ver al estado mexicano como un gobierno al servicio del poderoso tío Sam.
Las cosas vistas desde una perspectiva diferente hace que al igual que la mayoría de los mexicanos, vemos a este país a la deriva, a un estado mexicano que aún no termina de asentarse en la casa de los pinos y que por lo tanto vemos difícil que cumpla los compromisos de campaña antes de entregarse y entregar su mandato a los poderes fácticos que tanto daño hacen a la nación y truncan la consolidación de la democracia socialmente participativa.
Los ríos de tinta que se derramaran comentando la huida de Felipe Calderón y el ascenso apoteótico de Peña Nieto, como si con su simple llegada la violencia e inseguridad que se tienen en el país se fueran a callar, pues parece que de entrada lo lograron, porque de un palomazo borraron toda la pluralidad que se tenía en algunos medios de comunicación y tal vez eso dio pie a que muchos ciudadanos comunes vieran el lamentable papel que juegan los medios de comunicación derechistas y sus voceros oficiales. Siempre al servicio de los enemigos de la democracia y de las libertades.
Salvo honrosas excepciones muy conocidas y respetadas por los ciudadanos sin vocación de esclavos, los medios de masivos de comunicación tanto escritos como electrónicos avasallan a la opinión ciudadanía para ponerla al servicio de la ultraderecha que nacional e internacional mata a la justicia social en los pueblos emergentes. Queda claro entonces, que la prensa vendida no hace democracia ni fortalece las instituciones.
Pero como todo cambio gradual, el tránsito hacia la democracia mexicana es un proceso que requiere ajustes ante nuevas problemáticas que son producto de nuevas realidades. No hay modelos ni ejemplos exactos a seguir; mucho se ha hablado de los casos españoles y chileno como paradigmas, aunque las coyunturas económicas, políticas y sociales que vivieron ambas naciones son sustancialmente distintas a las que hoy día acaecen en México. De este modo, y como todo proceso, los ajustes lentos pero impostergables, los cambios de costumbres que más tarde serán cambios de hábitos, exigen una visión que desde el corto plazo apunte hacia el mediano y el largo, cambio que en fin de cuentas sólo será posible a partir de una educación en lo que podría denominarse una renovada cultura política nacional, que se sustente en valores como son la honestidad, rendición de cuentas, respeto a la ley, pluralidad, procesos que son distintivos y necesarios para la vida en democracia.
Cabe señalar que la complejidad de lo gradual estriba en que es relativamente sencillo perder horizontes o metas específicas, que en no pocas ocasiones son sacrificadas, de manera voluntaria o por omisión, merced de una coyuntura que exige inmediatez y pragmatismo, dos condiciones al parecer inconciliables con la visión de futuro que se requieren para construir una auténtica nación. Por ello, todo esfuerzo que se lleve a cabo en aras de la educación y promoción de los valores democráticos será una forma de asegurar un futuro en el que poco a poco se vayan desechando las prácticas antidemocráticas que todavía coexisten con el nuevo régimen, para dar lugar no a una imposición sino a la convicción.
Así lamentamos el pobre papel de la izquierda mexicana que solo ha servido de comparsa a quienes son los dueños hoy del poder, es tiempo de que el ciudadano despierte y vea que el poder está en él, que es el ciudadano el eje de la democracia y no la clase política.
Es tiempo de decir ya basta.