UNA PANDEMIA QUE NO ACABA
Casi
se han cumplido tres años desde que se desató la pandemia del COVID-19, es
comprensible que sigamos impresionados por su impacto y que, a la vez, estemos
ansiosos de volver a la normalidad, que definitivamente cada día se ve más
lejana, por lo menos a la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Esto es
definitivamente cierto para los sistemas de salud de América Latina, que han
sido muy golpeados por la crisis y que están luchando por recuperarse ante una actuación
deficiente por parte de la clase política que solo se dedico a saquear el
sistema de salud y aunado a la pandemia, esto se volvió un vórtice en cuanto a
dinero destinado a salud y que termino en lugares no identificados.
Pero,
¿cómo debería ser esa recuperación en su sistema corrupto? Aunque es tentador
sentir nostalgia por los tiempos pre-pandémicos, ellos no fueron exactamente
años dorados para México. De hecho, los sistemas de salud funcionaban mal en
términos de calidad de la atención, eficiencia y equidad, y en términos de los
resultados en la salud de los pacientes. Muchos también presentaban
deficiencias estructurales y poca resiliencia ante las crisis. En síntesis, la
vieja normalidad no era la mejor opción para los sistemas de salud, si bien en México
teníamos un seguro popular, este funcionaba y debería de haberse mejorado antes
de haber pensado en su fin, ahora en este momento México enfrenta problemas
serios al pretender crear un sistema universal de salud, mismo que encuentra
serias deficiencias en términos de equipamiento, de recursos humanos y de apoyo
financiero.
En México, la nueva normalidad mostro progresos y problemas
en esa vieja normalidad previa a la pandemia. El acceso a la atención y la
protección contra riesgos financieros mejoraron, pero quedaron sin resolverse
problemas relacionados con la creciente importancia de las enfermedades no
transmisibles y las enfermedades crónicas, con el gasto insuficiente e
ineficiente en salud y con la baja calidad de la atención. También se
registraban debilidades en funciones básicas de los sistemas de salud, como los
sistemas de pago, los recursos humanos, las compras de suministros y el control
de enfermedades.
La pandemia tuvo un efecto muy fuerte
en términos de infecciones, de muertes y de la disrupción causada. Además, el
reporte insignia de salud del BID contiene tres grandes aprendizajes sobre el
impacto de los servicios de salud no vinculados al COVID-19, los resultados
sanitarios y el gasto público.
1.
La pandemia fue disruptiva para el
uso de la atención médica en todos los ámbitos, pero con mayores caídas en
servicios que pueden ser considerados menos críticos o más fáciles de posponer,
como aplicación de vacunas, exámenes de detección de cáncer y atención de
enfermedades crónicas. Hubo menos disrupciones para la atención que no puede
ser pospuesta, como los partos. Esas caídas se deben principalmente a factores
de demanda y oferta, como pacientes que preferían evitar los centros de salud y
sistemas de salud estresados. La necesidad de atención médica disminuyó sólo para
algunas condiciones, como las enfermedades respiratorias y los accidentes de
tránsito, que pueden haberse beneficiado de políticas como el uso de
mascarillas y la movilidad reducida.
2.
Los efectos de la pandemia sobre la
salud son sustanciales y tendrán repercusiones a largo plazo. La mortalidad y
morbilidad relacionada con el COVID-19 fueron considerables y distribuidas de
manera desigual. También hay muchos efectos indirectos, como un aumento de la
malnutrición aguda en niños y más cánceres sin detectar. Y, con el long COVID,
la pandemia también trajo una nueva condición que los países y sus sistemas de
salud todavía deben enfrentar.
3.
El gasto en salud deberá aumentar
para afrontar la necesidad acumulada de atención, restablecer servicios y mejorar
el control y respuesta a pandemias. El gasto en salud per cápita habría crecido
entre 2 y 3 por ciento anual hasta 2050. La pandemia puede hacer que ese gasto
aumente aún más.
En síntesis, la pandemia tuvo un
impacto devastador con consecuencias de largo plazo que, por un lado, se deben
a los problemas y vulnerabilidades preexistentes de los sistemas de salud y,
por el otro, contribuyen a agravarlos. También exacerbó la desigualdad y
originó nuevos desafíos aunado a desafíos políticos, puesto que son los mismos políticos
que han insistido en que salud es un sistema problemático y que hay que
reformar, aunque para ello se pasen por encima de las condiciones de trabajo y
con las nuevas reglas muchos de ellos quedaran sin empleo.
Veamos como termina esto.