La desarticulación de la oposición y su
amplia mayoría parlamentaria aumentan su margen de acción. La mayoría de los
estados, 24 de 32, están en manos de Morena. Su gran votación ha herido
duramente a los tres partidos tradicionales, el PRI, el Partido Acción Nacional
y el Partido de la Revolución Democrática, este ultimo ya como un fósil de la
democracia, que están seriamente afectados por la heterogénea coalición
articulada, lastrada por su escasa credibilidad. El PRI es la cuarta fuerza
política en el Congreso, donde perdió 40 escaños. El Movimiento Ciudadano, un
partido emergente, se perfila como la alternativa de la oposición, si bien aún
debe articularse y dejar atrás sus diferencias internas. El 10,4% de Jorge
Álvarez Máynez es un buen punto de arranque, al que suman el poder local tras
su triunfo en Jalisco.
La amplia mayoría legislativa de Morena, 372
diputados y 83 senadores, puede ser un arma de doble filo. Coloca al
partido y a sus aliados (Partido Verde Ecologista – PVE y Partido del Trabajo –
PT) cerca de la reforma constitucional, que requiere las dos
terceras partes de ambas Cámaras del Congreso. Los números asegurarían a
la coalición oficialista la mayoría cualificada en diputados, pero no
en el Senado, donde necesitarían dos escaños más de los que tienen.
Dado el carácter polémico de las reformas propuestas por AMLO y sus
prisas por llevarlas a cabo, el cambio de la Constitución de 1917 podría
eventualmente favorecer a la oposición. ¿Podrá transformarla en una bandera
para ganar legitimidad en defensa del equilibrio de poderes y la
institucionalidad? Si bien las reformas se centran en asuntos sociales,
incluyen cambios en el Poder Judicial como es la elección directa y popular de
los magistrados de la Corte Suprema, con la que AMLO mantiene un largo pulso
político-institucional. La supermayoría conseguida por Sheinbaum puede ser más
endeble de lo que parece. Al no estar López Obrador, el cierre de filas puede
ser menos automático y deberá negociar con aliados poco fiables como el PVE y
el PT. Sin embargo, similar heterogeneidad se puede observar entre los
parlamentarios de la oposición, lo que podría favorecer algún intento
oficialista de comprar o de cooptar voluntades, una inveterada práctica de la
política mexicana.
El populismo anti-institucional de AMLO en sus ataques contra el
Poder Judicial o instituciones como el Instituto Nacional Electoral puede bajar de decibelios con la nueva
presidenta. De todas formas, sus declaraciones dejan entrever escenarios de un
posible choque institucional con el mundo judicial al que responsabiliza de la
violencia ya que “El problema es que el Poder Judicial se lava las manos. Da
amparos a todo tipo de delincuentes y nadie los llama rendir cuentas porque no
se puede; son juez y parte” y de obstruir al gobierno con la frase de “México
vivió 36 años de neoliberalismo. Durante ese tiempo, los poderes estuvieron al
servicio de una minoría. Y de la corrupción.
Hoy la oposición paga los errores que
dice no asumir como los dos presidentes de estos partidos con posiciones de
poder en las cámaras, hoy siguen sin entender que el pueblo eligió de una
manera diferente a lo que ellos tanto atacaron.