México celebró
elecciones presidenciales el 2 de junio con una victoria plebiscitaria de
Claudia Sheinbaum. La heredera de AMLO y candidata de la coalición Sigamos
Haciendo Historia, en torno al Movimiento de Regeneración Nacional, tuvo el
apoyo del 59,7% superando en 30 puntos a Xóchitl Gálvez. Como en El Salvador y
en República Dominicana, en México el oficialismo, o el continuismo, triunfó de
forma contundente. No sólo ganó Sheinbaum de forma clara. Tras unas elecciones
definibles como de “Estado”, por la sistemática utilización de los recursos
públicos en beneficio de los candidatos oficialistas, Morena y sus aliados se
llevaron el “carro completo”, según la tradicional jerga política mexicana, en
alusión a su triunfo en prácticamente todos y cada uno de los comicios
celebrados el mismo 2 de junio.
La
presidencia y la gran popularidad de AMLO se asocian, en el imaginario
colectivo, a la justicia social. Cinco millones de personas salieron de la
pobreza durante su sexenio, la mayor reducción de los últimos tres lustros.
Esta caída fue posible gracias al aumento del salario mínimo, superior a la
inflación en casi un 120%. Tras décadas de escaso o nulo interés de las
administraciones anteriores en la materia, durante su sexenio AMLO lo
incrementó en más del doble. A esto se añaden las “transferencias monetarias”,
que aumentaron un 55%, mientras el ingreso laboral medio creció un 24% sobre la
inflación con sus famosos programas sociales que la oposición dice que deben de
quitarse porque en México no caben los holgazanes, aunque algunos políticos así
se comporten y no trabajen.
Pero que esperar de claudia y para ello debemos de
saber algunas características de Sheinbaum que le conceden, a priori, cierta capacidad
de maniobra frente al liderazgo carismático de AMLO. Probablemente
dote a su gestión de un marcado acento ecologista, inexistente en el actual
gobierno. Habrá que ver si eso se concreta en una agenda propia, con un margen
de acción diferente. Su vínculo con el ecologismo es antiguo: fue asesora de la
Comisión Nacional para el Ahorro de Energía y de la Comisión Federal de
Electricidad. También estuvo vinculada al Banco Mundial y al Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Sheinbaum debería trabajar en potenciar un
“obradorismo” sin López Obrador mientras edifica su propio liderazgo. Si bien
AMLO ha prometido no interferir, su presencia, sus palabras, sus intervenciones
y sus silencios serán leídos como gestos de apoyo o reprobación hacia
Sheinbaum, que deberá convivir con la alargada sombra del presidente. Para
Sheinbaum, la presencia de AMLO siempre quedará “en el corazón del pueblo de
México. Eso es inevitable. Y es bueno que así sea”.
Seguramente no podrá manejar la agenda política como
AMLO. Sus “mañaneras” fijaban la actualidad con un discurso poderoso,
una narrativa demagógica que calaba en buena parte de la sociedad.
Ella admite que su liderazgo “será distinto. López Obrador es insustituible. A
mí me va a tocar ser presidenta en un periodo diferente. Mi liderazgo dependerá
de mi personalidad y será como el que ejercía en el gobierno de la Ciudad de
México, basado en los resultados, la entrega y la honestidad”.
Sheinbaum deberá convivir con las diferentes familias
de Morena, que intentarán aumentar su peso en ausencia del líder máximo. Los
gobernadores y las diferentes corrientes buscarán ampliar su poder al no tener
enfrente el estilo personalista de un líder tan fuerte como AMLO. El
“obradorismo” sin López Obrador implicará para Sheinbaum apoyarse en cuadros
leales, desarrollando un cambio de talante que le puede generar mayor
legitimidad ante la opinión pública, mejorando la relación con los medios, con
el sector privado y abandonando el sesgo anti-intelectual contra el mundo
académico.
El problema
de morena es la misma morena y sus corrientes que la han debilitado en algunos
procesos, basta recordar lo que paso aquí en durango. Aun hay mucho que hacer
en este tema.
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