Desde hace muchos años se viene trabajando sobre la crisis de
civilización que se ha abatido peligrosamente sobre nuestra población. Hay
demasiados intelectuales que han interpretado causas y aun sigue sin resolverse
este problema que puede resultar vital para nuestro desarrollo.
Hasta hoy no hay nada que pueda dar sostenibilidad real al mundo que se
tiene en este momento y nos encontramos
como el barco que no encuentra su puerto, pero el destino común nos convoca a
buscar un nuevo comienzo. Nuevo comienzo que requiere un cambio en la mente y
en el corazón, un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad
universal.
Considero fundamentales para este nuevo comienzo dos valores: la
sostenibilidad y el cuidado. La sostenibilidad debe de significar el uso
racional de los recursos escasos de la Tierra, sin perjudicar el capital
natural, manteniéndolo en condiciones de reproducirse, con el fin de poder
atender las necesidades de las generaciones futuras que también tienen derecho
a un planeta habitable y que nosotros en este momento lo único que hemos hecho
es arrasar con todos los recursos que se puedan con el único afán de crear
fortunas que solo envilecen mas el espíritu humano y nos alejan mas de lo que
debemos de ser, mas seres humanos.
En un principio creíamos que la economía se basaba en estándares para
satisfacer las necesidades de toda la población y con profunda decepción vemos
que se trata de una actividad que implica un tipo de economía que arrasa con
todo, que no le importa dejar países en quiebra con tal de ganar dinero, nos
hemos alejado como sociedad de lo que debería de buscar la equidad y la
justicia social mundial y un medio ambiente suficientemente conservado para
atender las demandas humanas.
Como se puede deducir, la sostenibilidad afecta a la sociedad, la
política, la cultura, el arte, la naturaleza, el planeta y la vida de cada
persona. Es fundamental garantizar las condiciones sociales y ecológicas que
sostienen la producción y la reproducción de la vida y de la civilización. Lo
que en realidad constatamos cada vez con más claridad es que nuestro estilo de
vida, hoy mundializado, no posee suficiente sostenibilidad. Es demasiado hostil
a la vida y deja fuera a gran parte de la humanidad. Reina una perversa
injusticia social mundial con sus terribles secuelas, hecho generalmente
olvidado cuando se aborda el tema del calentamiento global.
La otra categoría, tan importante como la sostenibilidad, es el cuidado,
sobre el que debemos de establecer una relación respetuosa y no agresiva, y por
eso no destructiva, con la realidad. Esto presupone que los seres humanos son
parte de la naturaleza y miembros de la comunidad mundial, con la
responsabilidad de protegerla, regenerarla y cuidarla. Más que una técnica, el
cuidado es un arte, un paradigma nuevo de relación con la naturaleza, con la
Tierra y con los seres humanos.
Si la sostenibilidad representa el lado más objetivo, ambiental,
económico y social de la gestión de los bienes naturales y de su distribución,
el cuidado denota su lado más subjetivo: las actitudes, los valores éticos y
espirituales que acompañan todo ese proceso, sin los cuales la propia
sostenibilidad no se da o no se garantiza a medio y largo plazo.
Y aquí, nuevamente, se recurre al cuidado como una posible definición
operativa y esencial del ser humano. El cuidado incluye un cierto modo de
estar-en-el-mundo-con-los-otros y una determinada praxis, protectora de la
naturaleza. No sin razón, una tradición filosófica que viene de la antigüedad y
que culmina en definir la naturaleza del ser humano como un ser de cuidado. Sin
el cuidado esencial él no estaría aquí, ni el mundo que le rodea.
Sostenibilidad y cuidado, juntos, nos muestran el camino a seguir. El problema
es que los políticos poco o nada entienden de esto.
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