La indignación generalizada frente a la corrupción y a la subordinación del legislativo y el poder judicial ante el poder ejecutivo y todo el país
En este momento, los ciudadanos estamos dando paso a la resignación y a
la indiferencia, pues la impunidad está tan extendida que la mayoría de la
gente desconfía de que haya solución y ve a la justicia como algo que se puede
comprar o que se mueve hacia el mejor postor.
Sobre este hecho la teología tiene algo que decir. Esta teoría sostiene que la
condición humana actual se encuentra desgarrada y decadente a consecuencia de un acto de corrupción y asi
se refiere Kant, según el cual el ser humano es un leño tan torcido que no se
pueden sacar de él tablones rectos.
Somos portadores, por lo tanto, de una ruptura interna que equivale a
una laceración del corazón. En palabras modernas: somos diabólicos y simbólicos,
sapientes y dementes, capaces de amor y de odio.
Esta es la actual condition humaine. Pero por curiosidad, debemos de
preguntarnos ¿Cuándo comenzó? La
respuesta será desde los orígenes Pero no da importancia a esa pregunta. Lo
importante es saber que aquí y ahora somos seres corruptos, corruptibles y
corruptores.
¿Pero dónde se manifiesta más visiblemente este estado de corrupción? Y
la respuesta salta a la vista, y es en los portadores de poder. Enfáticamente
afirmamos: el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe
absolutamente. ¿Por qué, exactamente, el poder? Porque es uno de los arquetipos
más poderosos y tentadores de la psique humana; nos proporciona el sentimiento
de omnipotencia y de ser un pequeño dios. Hobbes en su Leviatán nos lo confirma: «Señalo como tendencia
general de todos los hombres un perpetuo e inquieto deseo de poder y más poder
que solamente cesa con la muerte. La razón de esto reside en el hecho de que no
se puede asegurar el poder sino buscando más poder todavía».
Ese poder se materializa en el dinero. Por eso las corrupciones que
estamos presenciando envuelven siempre dinero y más dinero. Hay un dicho en
Ghana: la boca ríe pero el dinero ríe mejor. El corrupto cree en esta ilusión.
Hasta hoy no hemos encontrado cura para esta herida interior. Sólo
podemos disminuirle la sangría. Creo que, en último término, vale el método
bíblico: desenmascarar al corrupto, dejándolo desnudo delante de su corrupción,
y la pura y simple expulsión del paraíso, es decir, sacar al corruptor y al
corrompido de la sociedad y meterlos en la cárcel, termino vedado en los
círculos de poder.
Asi es la pequeña levedad de nuestra sociedad.