El año que apareció la pandemia del COVID-19 fue una bomba en todos los sentidos; sus
esquirlas son los relatos apocalípticos esparcidos por todos los rincones de este mundo globalizado, en donde es mas sencillo imaginar el fin de la humanidad que el final de las injusticias y de la enorme desigualdad que se ha hecho este mundo en donde los ricos han levantado muros para no ver lo que pasa en la vida diaria de los ciudadanos de a pie.
La crisis torna imperioso pensar el presente como algo que debemos de resolver de manera urgente pero nos hemos olvidado de lo que será el futuro y lo vemos aun lejano, olvidándonos de las posibles consecuencias que cada país y estado deberá de enfrentar sus situaciones en particular, México en si tiene un entorno difícil en el tema económico, en salud estamos desfasados por las malas decisiones que se han venido tomando y lo vemos en el tema de suicidios, problemas de salud mental y la enorme desigualdad que se tiene en los diversos subsistemas de salud. Y todo esto torna impensable el futuro para nuestros jóvenes.
Sin querer vemos que los que toman decisiones creen que su triunfo cultural consiste en bloquear la imaginación de nuevos rumbos y de nuevos horizontes, dejando a los jóvenes convertidos en simples maquinas trabajando por sueldos de miseria y en empleos transitorios, todo esto nos pinta un futuro ligado a las posibles a la catástrofe, a la imposibilidad de una sociedad desecha en donde se despliega una maquinaria que erosiona la voluntad de acción y de voluntad de la sociedad. Que coloca el destino en cualquier factor ajeno a la voluntad y a la sociedad. Que pretende doblegar deseos, sueños y construcciones colectivas.
Sin embargo, el porvenir está en entredicho. Venimos de décadas de hegemonía global del ultra liberalismo económico controlada por una elite que le interesa mantener el poder en ellos mismos antes de que sea el bien común y colectivo el que sea el pilar de las democracias, lo vemos en la guerra de Asia, en medio oriente y en África. Y son ellos mismos los creadores de una narrativa individualista, anti-pública y anti-estatal que dice que solo lo que ellos hacen es lo correcto, hoy ese tiempo debe de acabar, hoy deben de ser los jóvenes el motor de cambio y los vigilantes de que esta democracia vaya por el rumbo que mejor le conviene al país y no a unos cuantos. Hoy los ciudadanos seremos vigilantes de la toma de decisiones que afecten al colectivo.
Desde hoy los
vigilaremos en cada decisión que tomen.
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