El futuro no es aquello que va a suceder, sino es el proyecto de construcción colectiva que hilvana, en el contexto general, nuevos horizontes y nuevos modos de andar. Es por eso que la sociedad civil debe de ser una caja de resonancias y de experiencias vivas que permita generar y multiplicar planes de desarrollo pensando en un colectivo y no en los amigos y compromisos de la clase política.
La sociedad civil
debe de volverse más participativa dado de que ello depende la democracia y no
solo un futuro, lo que está en juego en este 2024 no es un México es el futuro
de México y para ello la democracia es pilar de ello, por eso el cómo
construirla se vuelve punto de inflexión en cualquier pensamiento que dese que
la sociedad civil organizada se vuelva más participativa, dado que el futuro es
un derecho.
El imperio de la
incertidumbre lo destruye. La inseguridad que genera el cambio climático, el
futuro del trabajo, la economía, las desigualdades de género crecen con la
total libertad de mercado, en el reino del más fuerte, en sociedades donde se
expande el odio y la violencia. En cambio, la construcción colectiva de la
convivencia en la diferencia y con un Estado presente que garantice la
sustentabilidad de políticas acordadas, reduce la incertidumbre. Amplía
derechos, amplía futuros.
Abrir horizontes,
pensar el futuro, comprender el presente en su complejidad, son tareas claves
para transformar las injusticias y las desigualdades. Para generar democracias
vibrantes.
La burla frente al
optimismo de la voluntad tiene larga tradición. Se trata de una vieja
estrategia. La vocación de transformación y la lucha contra la injusticia siempre
sufrieron denigraciones. Se las acusó de falta de inteligencia, de información
o de no haber comprendido los tiempos. Sin embargo, creemos que otro futuro es
posible y trabajamos por un mundo donde quepan muchos mundos.
Sabemos que
colectivamente es posible lograr inmensos avances. El viejo orden
repite una única promesa: el sacrificio, la resignación a una expoliación masiva, a procesos de endeudamientos
financieros descomunales, construyendo el
sentido común de que todos vivimos en deuda. Y deudas inmensas de países, que obstruyen el futuro de varias
generaciones.
Esa deuda ética
potencia el cuestionamiento hacia una promesa de progreso y crecimiento que no
pone el foco central en las sociedades y los seres humanos. Si no aceptamos
nociones integrales del desarrollo humano y social, el desarrollo económico se
concibe escindido del bienestar, de la salud, de la vivienda, de la vida buena,
del acceso al conocimiento y del medioambiente.
¿Hay intereses en juego? No se trata de puros intereses distributivos, aunque en el corto plazo muchas veces puedan aparecer de ese modo. La concepción del mundo y de la vida de que sólo existimos para acumular, pertenece a un grupo, el más poderoso, y de allí emana su capacidad de esparcimiento y su capilaridad. El impacto y la expansión del COVID-19 hacia todos los rincones del mundo y los efectos que permanecerán en el corto y mediano plazo, son materia ineludible hoy para pensar en cómo construimos nuestro futuro.
La experiencia
histórica ha develado que los intereses no pueden inferirse de la posición
social de manera automática. Porque no siempre hay plena coherencia entre los
intereses de corto, mediano y largo plazo. Porque lo que puede ser conveniente
para mejorar las condiciones económicas inmediatas puede ser perjudicial para
otras dimensiones o para las generaciones siguientes, es tiempo de que la
sociedad civil tome posiciones en donde lo inmediato sea quitar los enormes
privilegios de la clase política. Hoy el pueblo es que que decide y manda y
gobierno que no este del lado del ciudadano es un gobierno que reprime y golpea
a los ciudadanos. Hoy esos gobiernos tienen sus días contados
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