El neoliberalismo, su ontología para llamarla así, es antagónica a las implicancias estructurales que suponen reconstruir en la actualidad un Estado socialmente responsable. Un neokeynesianismo progresista constituye un otro impensable para la lógica de la financiarización que domina la época de la ortodoxia neoclásica. De ahí, que resulte difícil, por lo laberíntico, descifrar el camino que se abrirá el día después del final de la pandemia.
Ese catecismo que impregnó el
sentido común en las últimas cuatro décadas se ha convertido en letra muerta y
que ha dejado en el camino más pobreza que riqueza, que ha buscado que solo
unos pocos acumulen demasiada riqueza y que la gran mayoría de la población este
en pobreza, este discurso ya nadie lo recita. Ya nadie lo reclama. Ya nadie
busca imponerlo, aunque sigan persistiendo los nostálgicos de la libertad absoluta,
de la meritocracia y del sálvese quien pueda. Ni siquiera el americanismo más
radicalmente libertario ni la ampulosa autosuficiencia de un Trump cada vez más
caricatura de sí mismo, hoy pueden sostener argumentos que se los ha llevado el
viento huracanado causado por un bicho invisible. Décadas de industria cultural
y comunicacional, de publicidad subliminal atravesando todo tipo de fronteras
reales e imaginarias, han mostrado, de la noche a la mañana, que las certezas y
las creencias dominantes han saltado en mil pedazos.
Vuelve el Estado. Pero… ¿qué Estado
y para qué? ¿Apenas para amortiguar el espanto y las consecuencias
catastróficas de la pandemia? ¿Es posible que después del largo calvario todo
siga igual? ¿Resisten las sociedades una nueva repetición como en la crisis del
2008? Me apresuro a señalar que tengo mis serias dudas de que, en esta ocasión,
haya una habilitación social como la que les permitió a los gobernantes neoliberales
rescatar a los bancos con fondos públicos devolviéndoles todas sus supuestas
pérdidas a la vez que se profundizaron todas las causas de la crisis de aquel
entonces. Quisiera creer que la pandemia, la ominosa sombra que recorre la aldea
global, nos está llevando a límites nunca antes vividos, al menos no de este modo
y en las condiciones de una sociedad como la nuestra. ¿Alguien puede pensar que
la rueda de la fortuna del capitalismo especulativo volverá a echarse a rodar
sin que nada la detenga? Algo conmovedor nos está aconteciendo hasta el punto,
eso esperamos, de abrirnos hacia otras dimensiones de la vida social sabiendo,
como crudamente se va mostrando en medio de la pandemia, que siempre los más
débiles como son los pobres, las mujeres, las minorías, los pueblos originarios,
los discapacitados, los ancianos abandonados por sus hijos en geriátricos, los indocumentados
migrantes, los trabajadores informales, los parias del mundo, son los que más
expuestos están, los que más sufren y los que menos reciben.
Hoy sencillamente se ha vuelto intolerable
el abandono de los débiles como consecuencia de un Estado jibarizado por el
mercado y sus intereses. Y se vuelve visible e intolerable porque también las clases
medias han comprendido que el vaciamiento de lo público, la mercantilización de
la salud y la banalización de la seguridad social son los flancos débiles por
los que entra con toda libertad el virus matando sin discriminación alguna. ¿Un
antes y un después?
En este 2024 debemos ver quien
puede en realidad significar un cambio, porque esto que hicieron con la
sociedad tiene un precio y se vera en los votos. Buscaremos una sociedad
responsable y de libre pensamiento y trataremos de que la corrupción que hoy
priva en la clase política sea la menos.
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