UNA NUEVA ESTATALIDAD
La nueva estatalidad que estamos en condiciones de discutir aprovechando las enseñanzas y oportunidades de la pandemia, supone un Estado capaz de mejorar y estar en condiciones de crear una nueva relación entre la comunidad y el estado y ser capaz de cuidarla. En este contexto de profunda desigualdad y fragmentación social, es el Estado el que debe poner en el centro de su acción estas vertientes que serán a partir de hoy reglas inquebrantables como es la igualdad, a la solidaridad y a la responsabilidad como valores fundamentales del quehacer diario de los que nos gobiernan. Y no sólo enunciarlas, sino además hacerlas cumplir efectivamente. Construir lo que nos es común y defenderlo es, también, tener la autoridad suficiente para decidir en última instancia y legítimamente cuál será la distribución de riesgos y costos, como sólo puede hacerlo el Estado tomando como base el bien común, dejando a un lado el discurso democratizador y populista. Reiterando la afirmación del presidente AMLO, “nadie se le puede plantar al Estado”: porque si no es el Estado el que decide y actúa, necesariamente la decisión y la acción quedarán en manos de los más poderosos.
En la construcción de este nuevo paradigma estatal es fundamental lograr que gobernantes y gobernados se perciban a sí mismos como parte de un plan y que así puedan ser percibidos por la ciudadanía, como sujetos prioritariamente estatales, dotados de un status distintivo frente a otras posiciones no estatales. Y para fortalecer esta autopercepción estatal es ineludible su rejerarquización salarial y profesional, como también su socialización en reglas coherentes y estables en el tiempo, en principios de avance y progreso en la carrera, vinculados con su rendimiento y su formación profesional crecientes, y en criterios de evaluación o rendición de cuentas específicamente estatales siendo estas definidas por un pensamiento estatal, viendo el desarrollo del estado no en el presente, sino un rumbo hacia el futuro.
Para ello la nueva estatalidad debe de partir de conceptos primarios y nos referimos especialmente a la solidaridad, a la igualdad, y a la responsabilidad sobre lo que es común, y también al compromiso con lo público, a la idea de servicio, a la relevancia, a la trascendencia, a la honestidad, a la vocación sin llegar a la corrupción y sin que esta última sea una excusa para el pago de magros salarios y condiciones deficientes de trabajo, principio que opera en el más llano sentido común sobre el Estado. Deberíamos, por ejemplo, revalorizar principios como la eficacia, que nos habla del logro y de la efectividad que nos hablara del impacto que las acciones de este nuevo rumbo pudieran tener en el bien común que sería la población.
Para lograr esa
transformación cultural, económica y social es imperioso construir un nuevo
concepto de estatalidad que será capaz de ser responsable del cuidado de lo
común. Y esto es mucho más que ser honesto con los fondos públicos, que ser
eficaz en el cumplimiento de las tareas, que ser transparente en la asignación
de recursos. Se trata de un trabajo cultural, que afecte positivamente el
prestigio y la autopercepción y autoestima de los diversos actores políticos y
de una labor sobre sus prácticas concretas y cotidianas y que ello se refleje
positivamente en el desarrollo del estadio, de ese modo, sobre los resultados y
efectos de la organización que integran las metas y propuestas serian mas fáciles
de cumplir. Pero para ello debemos de partir de la creación de una nueva
estatalidad, de un cambio radical en la forma de gobernar, y hoy día, no creo
que los que están en el poder accedan a compartir y trasparentar lo que hacen. Pero
las acciones que se plantean son por el bien común, no solo en favorecer a un
cierto grupo o actores políticos, es tiempo de pensar que el estado requiere de
un cambio. Veamos si están dispuesto a hacerlo
No hay comentarios.:
Publicar un comentario