martes, 24 de octubre de 2023

UNA DEMOCRACIA DEBILITADA

 En las dos primeras décadas del siglo XX se esperaba que México avanzara en la consolidación de la democracia, pero los indicadores muestran que esto ha sido un proceso inacabado y con riesgos de involución democrática. Este es uno de los factores que impulsaron el cambio de signo político en las elecciones del 2018, no solo en la presidencia, sino en ambas cámaras del Congreso y en algunos gobiernos estatales.

La democracia en México de los últimos veinte años ha estado asediada por al menos cinco amenazas: deslizamientos autoritarios desde el poder ejecutivo, corrupción en prácticamente todas las esferas de la sociedad, débil representación política, ineficiencia gubernamental y crimen organizado. Los orígenes de esta situación se encuentran en una transición a la democracia centrada en reformas electorales, pero con pocas mejoras en términos de eficiencia institucional. Los gobiernos que se han sucedido desde el año 2000 se han caracterizado por su falta de interés en mejorar las relaciones entre las élites políticas y la desestructuración de los mecanismos sociales de integración, sobre todo en el ámbito educativo y laboral. El arribo del primer gobierno 'de izquierda' en México en 2018 llegó en el momento que ya había sucedido el auge del giro a la izquierda en América Latina, que inició con la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999 y los subsecuentes gobiernos en otros países, hasta el final del periodo de Michelle Bachelet en Chile en 2018.

Es por esto que podemos ver al menos cinco factores explican la debilidad de la democracia mexicana y la desafección a sus reglas e instituciones. Primero, el tipo de transición a la democracia, centrada esencialmente en reformas electorales que de poco han servido para mejorar la democracia, más bien han acentuado a los grupos en el poder, pero no han sido el motor de cambio. Segundo, la nula transformación de la forma de gobierno presidencial durante los primeros años de la democratización, lo que mantuvo intacta la mayoría de las reglas del (antiguo) régimen político, esto nos confirma que la democracia se volvió de amigos y no de ciudadanos, la falsa promesa de democratizar a México se volvió una falacia. Tercero, el continuo desgaste de los partidos por su baja capacidad de generar representatividad, lo que derivó en polarización, ya que se vio que solo están hechos para los amigos de los que están en turnos, asi vemos que las candidaturas y demás cargos son solo para los amigos del gobernador o de sus mas allegados, pero no para los ciudadanos que a veces tienen más trayectoria que los mismos políticos que tanto defienden los partidos, una democracia de cuates y no una democracia de ciudadanos. Cuarto, una baja capacidad de respuesta de las instituciones democráticas, desde las de control horizontal como los congresos, ejecutivos y el poder judicial, hasta las autoridades administrativas y judiciales independientes, conocidas también como órganos constitucionales autónomos, esto derivado de su proceso de burocratización y baja capacidad de modificar los comportamientos colectivos no democráticos, lo vemos en los proceso del INE y del poder judicial, en donde se han creado fideicomisos millonarios en beneficio de unos cuantos y los trabajadores de dichos institutos se ven mezclados en esta lucha de poderes, en donde ellos son los más perjudicados, puesto que ni siquiera saben que su trabajo está garantizado, pero los lideres los usan como carne de cañón para avivar el fuego de una supuesta causa justa, pero como le va a pagar el ciudadano común y corriente sus gustos, coches, que les laven y limpien la casa de unos cuantos a costa del erario público, no estamos en contra de que se mantengan ciertos privilegios, pero tener en el bolso 21mil millones de pesos como que si pesa a los jueces. Por último, y como consecuencia de lo anterior, está el deterioro de aspectos centrales de la vida política mexicana, como la seguridad y la justicia.

La democracia como forma de gobierno y como sistema de vida no ha logrado arraigarse de manera profunda en la cultura política mexicana. La transición y las transformaciones del sistema político mexicano centradas esencialmente en el ámbito electoral, no han modificado sustancialmente los valores y las actitudes de los ciudadanos frente a la política.

La mayoría de los mexicanos están convencidos de que la democracia, en abstracto, es la mejor forma de gobierno, pero ni la celebración periódica de elecciones ni las alternancias han disminuido el creciente malestar ciudadano que solo ve como se enriquecen unos cuantos a costa del ciudadano.

 

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