El neoliberalismo, su ontología para llamarla así, es
antagónica a las implicancias estructurales que suponen reconstruir en la
actualidad un Estado socialmente responsable. Un neokeynesianismo progresista
constituye un otro impensable para la lógica de la financiarización que domina
la época de la ortodoxia neoclásica. De ahí, que resulte difícil, por lo
laberíntico, descifrar el camino que se abrirá el día después del final de la pandemia
para poder decir que tenemos una democracia inconclusa.
Resultaría obvio decir que la democracia es una buena idea.
La concepción del gobierno de la gente por la gente es atractiva y alberga un
sentimiento de empoderamiento que, en la vida social y política, se considera
un derecho inalienable. No obstante, el nivel de la complejidad de la puesta en
práctica del concepto es inmensa, ya que relaciones de poder y el juego de las
ideologías complican formas de organización social que abren avenidas de
participación de manera desigual y a destiempo. Es decir, si bien en todo
régimen democrático partimos del principio de equidad y justicia, en la
cotidianidad de la vida social las formas de participación pública no
necesariamente se encuentran abiertas para todos, mientras que formas de
exclusión operan de manera prácticamente normalizadas. Estos desbalances de
poder social, traducidos en dinámicas de privilegio y antagonismo, surgen a
partir de subjetividades que se contraponen para definirse relacionalmente a
partir de la pertenencia o membresía a ciertas identidades. Por tanto, el
género, la raza, la condición étnica o la sexualidad se convierten en factores
que determinan condiciones socioeconómicas y políticas de los ciudadanos, con
las que se tiene que lidiar en democracia para resolver dinámicas de
subordinación y dominación.
Vuelve el Estado. Pero… ¿qué Estado y para qué? ¿Apenas
para amortiguar el espanto y las consecuencias catastróficas de la pandemia?
¿Es posible que después del largo calvario todo siga igual? ¿Resisten las
sociedades una nueva repetición como en la crisis del 2008? Me apresuro a
señalar que tengo mis serias dudas de que, en esta ocasión, haya una
habilitación social como la que les permitió a los gobernantes neoliberales
rescatar a los bancos con fondos públicos devolviéndoles todas sus supuestas
pérdidas a la vez que se profundizaron todas las causas de la crisis de aquel
entonces y sigue siendo el ciudadano el que lleva la carga tributaria para
mantener a una casta política cada vez mas demandante de que sus condiciones y
su modo de vivir no se debe de tocar, aunque en ello se vaya una buena parte
del presupuesto. Quisiera creer que la pandemia, la ominosa sombra que recorre
la aldea global, nos está llevando a límites nunca antes vividos, al menos no
de este modo y en las condiciones de una sociedad como la nuestra. ¿Alguien
puede pensar que la rueda de la fortuna del capitalismo especulativo volverá a
echarse a rodar sin que nada la detenga? Algo conmovedor nos está aconteciendo
hasta el punto, eso esperamos, de abrirnos hacia otras dimensiones de la vida
social sabiendo, como crudamente se va mostrando en medio de la pandemia, que
siempre los más débiles como son los pobres, las mujeres, las minorías, los
pueblos originarios, los discapacitados, los ancianos abandonados por sus hijos
en geriátricos, los indocumentados migrantes, los trabajadores informales, los
parias del mundo, son los que más expuestos están, los que más sufren y los que
menos reciben.
Hoy sencillamente se ha vuelto intolerable el abandono de
los débiles como consecuencia de un Estado satanizado por el mercado y sus
intereses. Y se vuelve visible e intolerable porque también las clases medias
han comprendido que el vaciamiento de lo público, la mercantilización de la
salud y la banalización de la seguridad social son los flancos débiles de esta
democracia por los que entra con toda libertad el virus matando sin
discriminación alguna. ¿Un antes y un después?