El pueblo mexicano se encuentra habituado a enfrentar la vida y a conseguir todo en la lucha, es decir, superando dificultades y con mucho trabajo. ¿Por qué no iba a poder enfrentarse al reto más importante que tenemos que hacer y que es uno de los más importantes para hacer los cambios necesarios y crear relaciones más igualitarias y acabar con la corrupción?
Esta prole como
dirían algunos todavía no ha acabado de nacer. Lo que heredamos de la
revolución aun no acaba de gestarse y parece que nuestra clase política se ha transformado
en una elite esclavizadora y ve al pueblo como una masa de desposeídos y de
limosneros. Pero del seno de esta masa, han nacido líderes y movimientos
sociales con conciencia y organización. ¿Su sueño? Tal vez sea el de inventar un
México mejor. El proceso empezó a partir de abajo y puede ser si así lo quiere
el pueblo, puede ser imparable.
A pesar de la pobreza
y de la marginación, los pobres siempre han inventado caminos de supervivencia.
Para superar realidad negativa, el Estado y los políticos necesitan escuchar y
valorar lo que el pueblo ya sabe y ha inventado. Sólo entonces habremos
superado la división élites-pueblo y seremos los forjadores de una nación
compleja.
En el ciudadano
mexicano siempre hay un compromiso con la esperanza. Esta es la última que
muere. Por eso, está seguro de que a veces los políticos escriben derecho con
renglones torcidos. La esperanza es el secreto de su optimismo, le permite
relativizar los dramas, danzar en sus tradiciones, ser hincha de su equipo de
futbol, y mantener encendida la utopía de que la vida es bella y el mañana
puede ser mejor.
El miedo es inherente
a la vida porque vivir se ha tornado peligroso y conlleva siempre riesgos.
Estos nos obligan a cambiar y refuerzan la esperanza. Lo que el pueblo, no las
elites, desean más el cambio para que la felicidad y el amor no sean tan
difíciles.
Lo opuesto al miedo
no es el valor. Es la fe en que las cosas pueden ser diferentes y que, organizados,
podemos avanzar. Desde siempre, México ha demostrado que no es sólo bueno en
muchas cosas y una de ellas es su gente, gente creadora, humilde y que también es buena en agricultura, en
arquitectura, en música y en su inagotable alegría de vivir.
El pueblo es bastante
religioso y místico. Más que pensar en Dios, siente a Dios en su vida
cotidiana, lo cual se revela en las expresiones: gracias a Dios, Dios se lo
pague, queda con Dios. Dios no es un problema para el ciudadano de a pie, sino
la solución a sus problemas. Se siente amparado por santos y santas que anclan
su vida en medio del sufrimiento. Mas cuando observamos que los políticos se
han separado del pueblo que tanto ha confiado en ellos y que nos han pagado con
traiciones y engaños con tal de llegar a un poder que solo es efímero.
El cuidado pertenece
a la esencia de toda la vida. Sin el cuidado, la vida enferma y muere. Con
cuidado se la protege y dura más. El reto es hoy entender la política como el cuidado
de un estado, de su gente, de su naturaleza, de la educación, de la salud, de
la justicia. Ese cuidado es la prueba de que amamos a nuestro país. Hoy debemos
de escoger con mucho cuidado por quien votar. No debemos dejarnos ir por las
luces de una cara bonita ni la avalancha de spots publicitarios que más bien
los hacen parecer muñecos de aparador, hoy México necesita urgentemente de un
político que sepa lo que es México. Que ame a México y a su gente. Que sepa de
sufrimiento y que huela la pobreza.
México ha dejado de
ser ese ente pujante y que nos hacia ser
un referente entre las demás naciones latinoamericanas, hay mucho que hacer
para poder volver a recuperar lo que hemos perdido, esa enorme brecha que ha
ido creciendo entre nosotros mismos como país, hoy nos avergonzamos de nuestros
indígenas y los vemos en las esquinas pidiendo limosna porque en sus
comunidades no hay trabajo y sus hijos tienen hambre, aun así les damos la
vuelva, ese no es el México que soñaba Benito Juárez.
Hoy cada quien debe
de asumir el costo de lo que hemos construido.
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