Cuando se hablan de los ideales
democráticos son muchos los espíritus liberales, que aseguran que no hay que
oponer democracia directa y democracia representativa, sino que en la
democracia participativa caben ambos modelos de democracia: la representativa y
la directa. Pero a la hora de la verdad, si pedimos una mayor explicitación,
nos damos cuenta de que este modelo ideal de democracia se reduce a la
prioritaria y más amplia democracia representativa, en cuyo marco se situarían
algunas expresiones de la democracia directa. La democracia directa complementa
en pequeñas dosis, que cumplen una inapreciable función legitimadora, a la
dominante democracia representativa, a modo de breve apéndice de un amplio
texto escrito. Una amplia democracia representativa con una marginal democracia
directa para algunos contados casos. En una democracia ciudadana la
participación del ciudadano se da en distintos terrenos: en la democracia
representativa (eligiendo a los representantes políticos), en la democracia
directa (decidiendo sobre asuntos políticos relevantes), en la democracia
participativa (formando parte de grupos ciudadanos de acción política). Situar
la participación política en el ámbito de la democracia representativa, a modo
de corrección de la misma, como quisiera V. Camps, es tener un sentido estrecho
y extemporáneo de participación. "La democracia ―asegura― ha de ser vista
en el marco de una democracia representativa ¿Cómo? Más como un proceso de
corrección de lo que hay que como la construcción de un modelo alternativo...
Participar es hoy contribuir a la
corrección de los vicios y miserias de la representación". No creo que la
participación deba tener hoy precisamente tan cortas alas. Sin cirugía legal a
fondo, sin modelos alternativos, poco podemos avanzar.
La virtud cívica del ciudadano de
frente comporta también responsabilidad, derivada de la participación. Es el
tercer vector, junto con el respeto y la participación. Se ha hablado mucho de
las responsabilidades de los políticos, de quienes están al frente de los
poderes y las instituciones, y poco de las responsabilidades de los ciudadanos.
Por ello algunos se han atrevido a denunciar la "inmunidad de los
ciudadanos
La responsabilidad ciudadana viene
de una respuesta compensatoria a los beneficios de la propia sociedad, en
primer término, pero sobre todo debe venir del privilegio que ostenta el
ciudadano para participar y tomar decisiones políticas. Es ilógico no responder
ante las decisiones que uno ha tomado. Si la escena pública permite participar
al ciudadano, éste ha de ser obviamente responsable con una conducta consonante
con lo decidido políticamente. En una democracia ciudadana, como la que aquí se
diseña, con altos niveles participativos, la responsabilidad es una exigencia.
En una democracia meramente representativa al uso tiene mayor justificación la
actitud de irresponsables ciudadanos apáticos, que hemos definido como
ciudadanos de perfil, en donde en Durango abundan y se ven en todos los
partidos.
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