El ser humano es una unidad compleja: es
simultáneamente hombre-cuerpo, hombre-psique y hombre-espíritu. Detengámonos un
momento en el hombre y sus miedos, es decir, en un mundo interior, que parece que esta urdido de emociones y
pasiones, luces y sombras, sueños y utopías. Así como hay un universo exterior,
hecho de órdenes y desórdenes, de viejas y de nuevas órdenes, de horribles
devastaciones y de emergencias prometedoras, así también hay un mundo interior,
habitado por ángeles y demonios. Ellos revelan tendencias que pueden llevarnos
a la locura y a la muerte, y energías de generosidad y de amor, que nos pueden
traer autorrealización y felicidad.
Sostenemos la tesis
de que la razón no aparece como la realidad primera que nos guía y antes de
ella hay todo un universo de pasiones y emociones que agitan al ser humano. Por
encima de ella debería de estar la inteligencia, por la cual intuimos la
totalidad, nuestra apertura al infinito y el éxtasis de la contemplación del
Ser. Las razones comienzan con la razón. La razón en sí misma es sin razón.
Ella simplemente está ahí, indescifrable.
Pero ella remite a
dimensiones más primitivas de nuestra realidad humana, de las que se alimenta y
que la atraviesan en todas sus expresiones. La razón pura kantiana es una
ilusión. La razón viene siempre impregnada de emoción y de pasión, hecho
aceptado por la moderna cosmología. La cosmología contemporánea incluye en la
idea de universo no solo energías, galaxias y estrellas, sino también la
presencia del espíritu y de la subjetividad.
Conocer es siempre
entrar en comunión interesada y afectiva con el objeto del conocimiento.
Apoyado por una pléyade de otros pensadores, siempre he sostenido que el
estatuto de base del ser humano no reside en el pensamiento cartesiano de la base del yo pienso, luego existo, sino en el sentido
platónico-agustiniano basado en el siento, luego existo, en el sentimiento
profundo. Este nos pone en contacto vivo con las cosas, percibiéndonos parte de
un todo mayor, siempre afectando y siendo afectados. Más que ideas y visiones
de mundo, son las pasiones, sentimientos fuertes, experiencias germinales, el
amor y también sus contrarios, los rechazos y los odios avasalladores, lo que
nos mueve y nos pone en marcha.
El pensamiento
occidental es logocéntrico y antropocéntrico y puso siempre bajo sospecha la
emoción, por miedo a perjudicar la objetividad de la razón. En algunos sectores
de la cultura se creó una especie de lobotomía, es decir, una gran
insensibilidad ante el sufrimiento humano y los padecimientos por los cuales ha
pasado la naturaleza y el planeta Tierra.
En los días actuales
nos damos cuenta de que es urgente, al lado de la razón intelectual
irrenunciable, incluir decididamente la razón sensible y cordial. Si no
volvemos a sentir con afecto y amor a la Tierra como nuestra Madre y a nosotros
como la parte consciente e inteligente de ella, difícilmente nos moveremos para
salvar la vida, sanar heridas e impedir catástrofes.
Uno de los méritos
innegables de la tradición psicoanalítica, a partir de su maestro fundador
Sigmund Freud, fue el haber establecido científicamente la pasionalidad como la
base, en grado cero, de la existencia humana. El psicoanalista trabaja no a
partir de lo que el paciente piensa sino a partir de sus reacciones afectivas,
de sus ángeles y de sus demonios, buscando establecer cierto equilibrio y una
serenidad interior sostenible.
Toda la cuestión es
cómo enseñorearnos creativamente de nuestra pasionalidad de naturaleza de fuego volcánico. Freud se centra en la
integración de la libido, Jung en la búsqueda de la individuación, Adler en el
control de la voluntad de poder, Carl Rogers en el desarrollo de la
personalidad, Abraham Maslow en el esfuerzo de autorrealización de las
potencialidades latentes. Se podrían citar otros nombres como Lacan, Reich,
Pavlov, Skinner, la psicología transpersonal y la cognitiva comportamental, y
otros.
Lo que podemos
afirmar es que independientemente de las distintas escuelas psicoanalíticas el
hombre-psique se ve obligado a integrar creativamente su universo interior
siempre en movimiento, con tendencias diabólicas y simbólicas, destructivas y
constructivas. Por aciertos y equivocaciones vamos procesualmente descubriendo
nuestro camino.
Nadie podrá
sustituirnos. Estamos condenados a ser maestros y discípulos de nosotros
mismos.
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