En este tiempo de
campaña electoral que recién comienza, nos
ofrece la ocasión para hacer reflexiones críticas sobre el tipo de democracia
que predomina entre nosotros. Es prueba de democracia el hecho de que más de
cien millones de ciudadanos tengan que ir a las urnas para escoger a sus
candidatos. Pero eso todavía no dice nada sobre la calidad de nuestra
democracia. Ella según mi punto de vista, es de una pobreza espantosa o, en un
lenguaje más suave, una democracia que podríamos catalogar de baja intensidad.
Pero la pregunta seria; ¿Por qué es pobre nuestra democracia? Y la respuesta
seria que es pobre nuestra democracia ya que es parte de una escenificación nacional de hipocresía
refinada, repleta de leyes bonitas, pero hechas siempre, en última instancia,
por la élite dominante para que la sirva de principio a fin. Los políticos son
gente que se caracteriza por ganar mucho, trabajar poco, hacer negocios,
emplear a parientes y apaniguados, enriquecerse a costa de las arcas públicas y
entrar en el mercado por arriba… Si tratáramos de ligar democracia con justicia
social, nuestra democracia sería su propia antítesis.
Esta descripción no
es una caricatura, salvo pocas excepciones. Es lo que se constata día a día y
puede ser visto por la TV y leído en los periódicos: escándalos de la
depredación de los bienes públicos con cifras que ascienden a millones y
millones. La impunidad avanza porque el crimen es cosa de pobres; el asalto
criminal a los recursos públicos es habilidad y privilegio de quien llegó allí,
a la fuente del poder. Se entiende porqué, en un contexto capitalista como el
nuestro, la democracia atiende primero a los que están en la opulencia o tienen
capacidad de presión y sólo después piensa en la población, atendida con
políticas pobres y con una baja de los recursos hacia los estratos más pobres
de nuestra sociedad. Los corruptos acaban por corromper también a muchos del
pueblo. Ningún método de gobierno puede servir, tratándose de gente tan visceralmente
corrupta como lo han demostrado la inmensa mayoría de los políticos de hoy, en
donde el único poder que se tiene es cuanto vales, este parece ser hoy el verdadero poder de una democracia que
parece estar representada por el símbolo del dinero y donde se han dejado de
lado los valores que una vez nos inculcaron nuestros padres.
En nuestra
democracia, el pueblo no se siente representado por los elegidos; después de
unos meses ni se acuerda de por quien votó. Por eso no está habituado a
acompañarlo ni a reclamarle nada. Además de la pobreza material está condenado
a la pobreza política, mantenida por las élites. Pobreza política es que el
pobre no sepa las razones de su pobreza, y creer que los problemas de los
pobres pueden ser resueltos sin los pobres, sólo por el asistencialismo estatal
o federal o simplemente por el clientelismo populista de esperar con ansias una
despensa o unos tortivales para poder ser felices y votar gustosos en las
próximas elecciones. Con esto se aborta el potencial movilizador del pueblo
organizado que puede exigir cambios, temidos por la clase política, y reclamar
políticas públicas que atiendan a sus demandas y derechos. Así vemos como
proliferan tantos programas de partidos sostenidos por el pueblo y que los
políticos hacen caravanas con sombrero ajeno con ellos, situándose como
verdaderos dioses repartiendo al mas necesitado cual Zeus desde su trono
mandando regalos a los pobres humanos que habitan este mundo, solo que el
pueblo acepta estas migajas porque no sabe o no entiende que el verdadero poder
esta en el ciudadano de a pie.
Pero seamos justos. Solo
es con los movimientos sociales, con una sociedad organizada que podemos poner al
Estado bajo presión y bajo control, dando señales de que la democracia puede
mejorar.
Tal vez para ello
haya que forjar una democracia sin fin, en todos los campos, especialmente en la economía,
pues en ella se debe de proteger los intereses de un país y esta debe de ser lo más amplia posible y debe de estar
estructurara de una manera mas allá de cada sexenio. El día que como nación lo
hagamos tal vez el rumbo pueda ser diferente.
¿Utopía? Sí, en su
mejor sentido, mostrando el rumbo hacia el que debemos caminar de aquí en
adelante, dados los cambios ocurridos en el ámbito mundial y en el encuentro
inevitable de los pueblos que luchan por un mundo mas justo. En donde debemos
de situar al pueblo en el centro del poder y no excluirlo como hasta ahora se
ha hecho. El fin bien vale la pena.
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