La nueva estatalidad que estamos en condiciones de discutir aprovechando las enseñanzas y oportunidades de la pandemia, supone un Estado capaz de producir comunidad y de cuidarla. En este contexto de profunda desigualdad y fragmentación social, es el Estado el que debe poner en el centro de su acción a la igualdad, a la solidaridad y a la responsabilidad como valores fundamentales. Y no sólo enunciarlas, sino además hacerlas cumplir efectivamente. Construir lo que nos es común y defenderlo es, también, tener la autoridad suficiente para decidir en última instancia y legítimamente cuál será la distribución de riesgos y costos, como sólo puede hacerlo el Estado. Reiterando la afirmación del presidente AMLO, “nadie se le puede plantar al Estado”: porque si no es el Estado el que decide y actúa, necesariamente la decisión y la acción quedarán en manos de los más poderosos y esto se contrapone con la visión de la 4 t.
Más aún: en la pandemia actual, el Estado no sólo es visto como una solución, sino como la única. Esta situación inédita amplía decisivamente el margen de oportunidad para discutir y construir las reglas que organizarán nuestro futuro post-pandemia. La “resolución” de la pandemia, en el sentido de la construcción de una nueva normalidad, es una disputa que se resolverá en acto, en proceso, a medida que avanzamos hacia ella. Por eso, es ahora el momento de discutir cuál es la nueva estatalidad que queremos para nuestro futuro.
Preguntémonos primero qué Estado nos falta. Las respuestas a esta pregunta serán muchas: porque no será lo mismo responderla hoy, a más de tres años de la pandemia en nuestro país, y porque el Estado no le “hace falta” de igual forma a un empleado en blanco que a un trabajado informal o a un trabajador desocupado; a una gran empresa que a una PyME; a un jubilado, que a un estudiante, o que a una ama de casa o al personal de salud.
¿Cuál es el Estado “faltante” que nos
mostró la pandemia? Hasta hoy vimos en acción algunas de las incapacidades del
Estado que teníamos. Observamos muchas dificultades para distribuir con
eficacia y efectividad los costos de la pandemia, y para lograr que muchos
sectores, incluso los que más tienen, acepten resignar una parte de lo propio,
aunque lo que esté en juego sea la vida del otro. Muchas de estas carencias del
Estado fueron puestas en evidencia y potenciadas durante la pandemia, por las rupturas
de todo tipo que la misma produjo, pero venían siendo arrastradas desde mucho
antes. Lo que hizo la pandemia fue volverlas más visibles, y en muchos casos,
mucho más graves. Vimos a un Estado que, aún replegado sobre sus funciones
esenciales como es la preservación de la vida, la salud, la alimentación, la seguridad,
sólo pudo cumplirlas parcialmente. Hubo áreas completas que no encontraron o
que no cumplieron su rol en la crisis; muchas dificultades de articulación y
coordinación entre las distintas áreas sociales, políticas, económicas y de
salud y los diversos niveles del gobierno tanto nacional, estatales y
municipales, y al interior de los mismos; y hasta incapacidad para prever y
ejecutar medidas básicas, como la atención bancaria,
algunas prestaciones previsionales y/o sociales básicas, el control de abastecimiento y precios, la coordinación de las medidas propias de las distintas etapas de la cuarentena obligatoria.
¿Fue difícil? ¿Fue un desafío inesperado gobernar a una sociedad bajo pandemia? Sin dudas. ¿Muchas falencias fueron suplidas por un esfuerzo humano importante en muchos niveles, y sobre todo porque hubo un liderazgo presidencial claro y sensato? Eso probablemente nos lo den los años postpandemia. Pero recordemos que de lo que estamos hablando es del Estado, y no del gobierno que ejerce la conducción política de ese Estado.
Preguntémonos ahora qué Estado queremos.
Porque descubrir qué Estado nos falta, es lo que nos pone, en gran medida, en
condiciones para discutir sobre una nueva estatalidad y una nueva visión de a
donde llevar a México o a cada estado para preparar un mejor futuro. Sobre las
condiciones para lograr un Estado que sea capaz de producir y cuidar lo que nos
es común. Eso que nos hace comunidad en la diversidad que se muestra
diariamente en barrios, sindicatos, clubes, empresas, partidos políticos, movimientos
sociales; diversidades étnicas, culturales, religiosas, lingüísticas, de género,
etc. Construir lo que nos es común rejerarquizando a la igualdad como valor y a
la solidaridad como regla es decisivo, indispensable, en tiempos decreciente
desigualdad y fragmentación social ante la falta de oportunidades y la enorme
brecha que se hizo más evidente de pobres y ricos en esta normalidad.
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